En las últimas décadas, la palabra emergencia se ha vuelto parte del lenguaje cotidiano. Emergencias sanitarias, económicas, climáticas, de seguridad. Bombardeos, toques de queda, decretos urgentes, medidas extraordinarias que se presentan como respuestas momentáneas a situaciones límite, pero que, con el paso del tiempo, parecen no tener fin. Vivimos en un mundo donde la excepción se ha vuelto regla.
Es en este contexto que la obra del filósofo italiano Giorgio Agamben resulta especialmente iluminadora. En Homo Sacer (1998) y, más explícitamente, en Estado de excepción (2003), Agamben analiza cómo los Estados modernos han incorporado la excepción como una técnica ordinaria de gobierno. Ya no se trata de una suspensión temporal del derecho frente a una crisis, sino de un modo estable de gestión política de la vida.
Para Agamben, el estado de excepción no es simplemente un vacío legal ni una anomalía jurídica. Es una zona gris, en la que el derecho se suspende sin desaparecer del todo y en la que ciertas vidas quedan expuestas a decisiones soberanas sin mediación legal efectiva. La excepción funciona, paradójicamente, incluyendo a través de la exclusión: se aparta a determinados sujetos del orden jurídico para gobernarlos con mayor intensidad.
En este sentido, Agamben retoma la figura del homo sacer del derecho romano: una vida que no puede ser sacrificada ritualmente, pero que puede ser eliminada sin que ello constituya un crimen. Una vida protegida y abandonada al mismo tiempo. Para el autor, esta figura no pertenece al pasado, sino que constituye el núcleo oculto de la política moderna.
Refugiados, migrantes, personas privadas de libertad, poblaciones sometidas a regímenes de excepción prolongados: en todos estos casos, la política se ejerce directamente sobre la vida, reducida a lo que Agamben denomina nuda vida. No una vida plena de derechos y reconocimiento, sino una vida expuesta en su radical vulnerabilidad y, en ese sentido, administrada y gestionada.
Uno de los aportes más inquietantes de Agamben es mostrar que el estado de excepción tiende a normalizarse. Ya no aparece como una respuesta extraordinaria frente a una amenaza excepcional, sino como una condición estructural de las democracias contemporáneas. Cuando la excepción se prolonga en el tiempo, no solo se suspenden derechos: se transforma la experiencia misma de lo político. El derecho deja de ser una garantía estable y se vuelve condicional, revocable, incierto. La ciudadanía se fragmenta. La igualdad ante la ley se debilita. Y la vida queda atrapada en un umbral permanente entre la protección y el abandono.
Hay, sin embargo, una dimensión de esta normalización que resulta clave para pensar nuestro presente: el estado de excepción no solo organiza el poder, también organiza el tiempo.
Vivir bajo estados de excepción prolongados implica habitar un presente extendido, un tiempo de espera indefinida. La promesa de retorno a la normalidad se repite, pero nunca se concreta del todo. El futuro queda pospuesto, aplazado, suspendido, y muchas veces solo anhelamos volver a un pasado que sí logramos comprender. En este sentido, la excepción no solo produce sujetos vulnerables; produce también un horizonte de crisis. Cuando la emergencia se vuelve permanente, resulta cada vez más difícil imaginar proyectos colectivos, futuros compartidos, transformaciones duraderas. La vida se organiza en torno a la urgencia, la supervivencia y la adaptación constante.
Así, el estado de excepción se convierte en una forma de gobierno del tiempo: un presente que se impone como único escenario posible, clausurando la imaginación política del porvenir.
Si el derecho se suspende, si la vida queda reducida a la gestión de la supervivencia, si la política opera sobre cuerpos expuestos y tiempos inciertos, entonces el desafío no es solo resistir la excepción, sino reconstruir las condiciones para volver a imaginar el futuro.
A pesar de los estados de excepción que hoy atraviesan a América Latina, y de las incertidumbres y urgencias a las que cada quien hace frente, desde Cuerpo y Territorio nos preguntamos: ¿cómo volver a producir comunidad, sentido y horizonte allí donde la excepción ha fragmentado derechos, tiempos y expectativas?
En un contexto de avance de las extremas derechas, de desprecio por las normas del derecho internacional y de desilusión frente a los relatos progresistas y distributivos, el futuro se ha convertido en una pregunta abierta. Por eso, en las próximas entregas no nos detendremos únicamente en pensar el presente, sino que proponemos abrir un nuevo ciclo de reflexiones dedicado a pensar el futuro: sus bloqueos, sus disputas, sus formas de suspensión y sus posibles reaperturas.
No como una promesa lineal de progreso, sino como una construcción social y política profundamente tensionada. Porque imaginar el futuro -cuando el presente es urgencia y crisis- es, quizás, uno de los gestos más radicales de nuestro tiempo.
