La fractura de una Caracas humeante

"Para escribir una poesía
que no sea política
debo escuchar a los pájaros.
Pero pata escuchar a los pájaros

hace falta que cese el bombardeo."

Marwan Makhou


***

Me aferro a la historia como quien se sabe poseedora de la memoria de un pueblo, como el Ángel de Benjamín que mira al pasado a contrapelo. Las lágrimas brotan por mis mejillas y el corazón apretado y roto no se siente bien. Anoche, a la 1:50 a.m., me despertaron las bombas; caían a algunos kilómetros de distancia de donde vivo. Abrí la ventana y el humo salía despavorido. Intenté prender la luz, pero no había electricidad. Pensé en Gaza, en cómo el derecho internacional se queda entre papeles en medio de grandes salas llenas de gente poderosa. Los gritos de mis vecinos preguntando “¿Qué pasa?” y las personas bajando escaleras despavoridas acompañaban el fondo de las detonaciones. Como pude, me vestí, tomé mi inhalador, llené una botella de agua, agarré mi cédula y corrí, corrí por mi vida. Las bombas no distinguen partidos políticos, clases sociales ni géneros.

No quiero hablar, no quiero mensajes, no quiero recetas mágicas de cómo superar un proceso. Solo mi cuerpo y mi psique saben lo que significó. Una Niyireé escindida se enfrenta hoy a esta realidad de Venezuela, una Venezuela ultrajada, bombardeada y aún doliente; también a la realidad mundial, pero principalmente a mi propia realidad luego de los bombardeos. Es difícil decir bombardeos y que mi cuerpo no se estremezca; es difícil abrir los ojos por la mañana y no sentir una profunda tristeza que lacera mi pecho.

No soy la misma, y estoy segura de que jamás volveré a serlo. Alguna parte de mí se quedó atrapada en ese espacio-tiempo, en aquellos 30 minutos en donde la muerte me tocó de cerca y me atrevo a decir que me miró a los ojos. “Nadie vuelve a ser el mismo después de eso, Niyireé, y esa reacción tuya es la más normal que existe. No te esfuerces, con calma y amor contigo misma”, me decía M. Que un ataque como ese es de los mayores actos de violencia que puede sufrir un ser humano; que mi seguridad ha sido vulnerada y que esa reacción de ni siquiera reconocer mi imagen frente al espejo es tan propia de todo lo que estoy afrontando.

Mi identidad y lo que ella representaba para mí de repente se esfumó; en menos de 20 minutos, al escuchar cada bomba caer, se socavó todo aquello que había construido durante estos duros años en la Venezuela violenta de Orlando Araujo. Qué rápido la violencia de los hombres y su poderío pone en juego la vida de miles de personas; a veces todo pareciera resumirse al mal que trae consigo tener inagotables reservas del llamado excremento del diablo. Ahora entiendo más que nunca ese término de Pablo Pérez Alfonso: el famoso oro negro y la codicia de los diferentes grupos del poder.

No haré acá un análisis nimio del contexto venezolano, de la crisis aguda que enfrentamos ni de la compleja situación social y política que desde hace muchos años hemos vivido. Porque los análisis se los dejo hoy a quien no vio las bombas caer y cuya salud mental pueda responder críticamente a las complejidades de una Venezuela abierta, como las venas de América Latina.

Hoy hablo como mujer, una mujer que intenta sobreponerse a lo vivido; que cuando cierra los ojos o se sumerge en la piscina, lo primero que viene a su cabeza es aquel fatídico día. Aquella que, cuando le preguntan cómo está, no sabe qué responder y un par de lágrimas se asoman por la comisura de sus ojos. No, no estoy bien y no lo estaré de golpe; no lo estaré porque cierta normalidad se instauró a la fuerza. Yo intento continuar, pero debo darle cabida al dolor, a lo que siente mi cuerpo y a que mi mente se estabilice ante el sacudón que le dieron, ante la fractura de una Caracas humeante.

Judith Herman, psiquiatra, feminista e investigadora, plantea que los traumas provocados por la violencia humana —a diferencia de aquellos derivados de desastres naturales— resultan particularmente devastadores porque no solo amenazan la vida, sino que destruyen la sensación básica de seguridad ontológica. No se trata únicamente del miedo a morir, sino de la pérdida radical de la confianza en el mundo y en las condiciones mínimas que sostienen la existencia cotidiana. “Estoy rota” fue lo primero que pude elaborar cuando, con el paso de los días, me di cuenta de que algo había cambiado. En mi mundo se quebró aquello que me sostenía. Toca, entonces, volver a encontrar un propósito.

Un bombardeo es la forma más cruenta de la violencia política, venga de donde venga. Es lo que se llama una violencia intencional, la cual provoca una triple fractura dentro de quien lo vive o lo experimenta, la ruptura del sentido de control sobre la propia vida; el colapso de la previsibilidad que organiza la experiencia del tiempo y del espacio; y el quiebre de la identidad previa. Así, el trauma no deja intacto al sujeto: introduce un antes y un después que reorganiza la relación con el cuerpo, con el mundo y con la propia identidad. No se trata, entonces, de un trauma privado o aislado, sino de una experiencia situada, anclada en una geografía específica y en una historia concreta de violencia política, que está arraigada a mi herida y a la de todos como nación. Mi herida no es excepcional. Se parece demasiado a la de este país, una herida que no cicatriza porque no ha dejado de ser golpeada.

“Yo el viernes exploté, lloré inconteniblemente; fue como un ataque de pánico retrasado… Después de eso fue que logré dormir y tengo mi maleta de emergencia. Me siento segura así.”

(R., B04)

“He respondido tantas veces el ‘¿cómo estás?’, ‘¿cómo te sientes?’, ‘¿cómo lo viviste?’, que les diré por acá: ese día en mi cabeza solo pasaban dos cosas: la bomba va a caer aquí o voy a morir por un tiro. El intento de rutina no es normal, pero un día a la vez.”

(C., A02)

“No respondí la sonrisa. Hice una pausa y le dije que todo había sido muy fuerte, que no había podido dormir. No le dije que la persona con la que estaba hablando tuvo mucho miedo de morir, que no sabía si regresaría a su casa, que hizo un bolso a tientas en la madrugada con lo que consideró básico para sobrevivir… Apenas hoy estoy desarmando el bolso, esperando no tener que armarlo nuevamente, nunca más.”

(B., Los Próceres)

“Igual, con todo lo ocurrido, tan solo llegar a los 40 parece un logro.”

(V., B06)

Lo que se fractura no es solo la mente: es el cuerpo como territorio. Dormir, moverse, habitar la ciudad, planificar el día… todo se vuelve cálculo de supervivencia. Es por ello que la exigencia de “volver a la normalidad” después de un bombardeo es, en sí misma, otra forma de violencia. Nadie mide el impacto psíquico de la vivencia que el bombardeo ha dejado en la población venezolana, en especial de quienes vivimos como protagonistas de una película de terror esa experiencia; pero el daño está ahí, alojado en los cuerpos que siguen viviendo y que intentan, por todos los medios, volver al equilibrio de sus vidas.

La violencia, cuando es sostenida y dirigida contra la población civil, se convierte en una experiencia de trauma colectiva, transmitida en los cuerpos, en las rutinas, en el miedo cotidiano. Es allí donde toca rearmarse, donde la identidad se fractura y cobra sentido quién soy ahora después de lo vivido.

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