Y merendaron juntos para siempre…

Había una vez una muchacha llamada Elsa. Esta Elsa era muy distinta a la famosa reina de Arendelle de las películas de hoy en día; tenía los ojos y la piel marrones y había nacido en Artigas, Uruguay, allá por mil novecientos veinti y tantos. 

Elsa de Artigas, era la menor de siete hermanas. Como tal, gozaba de los beneficios que tienen las hermanas y los hermanos menores: sus padres no estaban tan pendientes de lo que ella hacía y no esperaban que fuera un ejemplo para nadie. Ella tenía permitidas las charlas con extraños, las carcajadas y todas las delicias, mientras que a sus hermanas mayores se les pedía recato en el habla, la risa y la comida. Gracias a estas libertades, Elsa desarrolló los poderes de la buena charla y la simpatía, además del disfrute por las mesas grandes repletas de comida y de gente. Así, ella fue la niña que quiso ser hasta que cumplió dieciocho años, la edad en la que sus libertades tendrían fecha de caducidad si no se comprometía.  

De acuerdo con la tradición, se esperaba que las hijas menores solteras cuidaran a sus padres cuando fueran viejos. Aunque los padres de Elsa gozaban todavía de mucha salud, ella ya tenía esperándola una tarea como hija menor soltera: acompañar a su hermana mayor en su solitaria vida de campo. 

Valquiria, la hermana mayor de Elsa, estaba casada con el propietario de un campo, no muy grande, pero sí suficiente como para que la joven se sintiera muy sola y le pidiera a sus padres que enviaran a una de sus hermanas a vivir con ella un tiempo. Valquiria sufría su matrimonio. Su esposo casi nunca estaba con ella y cuando él estaba, ella no lo pasaba muy bien. Si Elsa no se comprometía pronto, acompañaría eternamente a Valquiria en su calvario. Entonces, se puso una meta: casarse. Y así lo hizo veinte meses más tarde. 

Elsa, sus hermanas y su madre, eran expertas bordadoras, tejedoras y modistas, reconocidas como tales en su ciudad. Las ocho se sentaban en el comedor o en el patio de la casa con sus respectivas labores y así compartían largas horas del día. Uno de esos días en los que Elsa se había propuesto casarse, llegó un hombre de unos treinta años, que venía a buscar un encargo de su madre. Ella lo había visto antes, algún domingo en la iglesia y en alguna caminata por el centro, pero nunca había reparado en lo interesante que podía ser este hombre tan serio, retraído y bien peinado.

Gracias a sus poderes, Elsa pudo averiguar fácilmente nombre, ocupación y estado civil del caballero. Pedro era soltero y no estaba comprometido con nadie. Su madre tenía algunos problemas de salud y él estaría yendo a buscar sus diversos pedidos ese mes. Así fue que, para la próxima entrega de manteles y servilletas bordados, Elsa se maquilló, se perfumó y se persignó.

El año que estuvieron de novios a Elsa le extrañó lo serio y callado que Pedro podía ser. Su sonrisa era más bien una mueca tensa, tras la que alguien con mayor poder de observación y perspicacia podría llegar a notar múltiples explosiones contenidas.  Pero Elsa no se preocupó mucho por eso, ella tenía otros poderes, y pensó que con eso bastaría para tener un noviazgo feliz. 

«Con que uno solo hable alcanza», se dijo. 

Y así fue como, un día durante una de las meriendas que compartían, ella preguntó si se casarían, ella respondió que sí, y ella eligió la fecha por los dos. Desde entonces, Elsa trabajó únicamente en su ajuar, bordó sus sábanas, su colcha, sus manteles…Sus hermanas y su madre se encargaron de su vestido de organza. El día de su casamiento Elsa entró radiante por la puerta de la iglesia del brazo de su padre, quien la entregó a su futuro marido. Mientras el cura los declaraba marido y mujer, Elsa agradeció a todos los santos por ese momento. 

Unas semanas más tarde, la flamante esposa invitó a sus hermanas a merendar en su nueva casa. Preparó una pastaflora, una torta de naranja y bizcochitos salados. A las cuatro de la tarde la mesa del jardín ya estaba lista con uno de los manteles bordados por ella, sus platos, sus canastitos y servilletas. Cuando Elsa llegaba desde la cocina con el mate y el azucarero para sumar a la mesa, Pedro – furioso por quién sabe qué motivo – tiró del mantel para que cayeran los platos, los canastitos y las servilletas.  

Sin tener idea de lo que estaba pasando, Elsa salió corriendo a buscar bizcochos a la panadería, volvió a su casa, levantó la mesa, limpió todo rastro de caos y esperó a sus hermanas. Por primera vez no dijo una palabra durante las dos horas que duró la visita. Guardó silencio también cuando Pedro destrozó sus plantas un par de meses después en otro de sus arrebatos. Pero recordemos que el silencio no era uno de los poderes de Elsa, tampoco lo era soportar situaciones dolorosas eternamente – esas eran las destrezas de sus hermanas. Había muchas cosas que los hombres tenían permitido hacer a sus esposas en esa época, pero éstas no podían ser consideradas normales. Por eso a pesar – y a causa – de su embarazo, pocos meses después del casamiento, Elsa ya no dormía con Pedro y había consultado a un abogado sobre la posibilidad de un divorcio. 

La noche previa al bautismo de Carolina – la hija de ambos – Elsa no podía calmar el llanto de la bebé. Pedro, una vez más enceguecido de ira, tiró el moisés, rompió las sábanas y el mosquitero. Elsa se encerró en el baño con la niña y rezó desesperadamente incontables padres nuestros. Esa noche decidió dejar la casa. Y así fue que, después del bautismo, Elsa armó su bolso y se mudó a la casa de sus padres con Carolina. 

Durante el proceso de divorcio, Elsa rezaba cada mañana para que ese hombre no apareciera enfurecido a buscar a su hija; y cada noche le agradecía a dios otro día transcurrido en paz. Cuando finalmente fue notificada de la resolución de su divorcio, se sintió aliviada y pensó que ya no tenía razón para esconderse. 

“El próximo domingo voy a misa con Carolina” anunció a sus padres y hermanas. 

Con la frente en alto y su voluptuoso pecho henchido de alegría, Elsa se puso de rodillas frente al confesionario, pero lentamente comenzó a hacerse cada vez más chiquita mientras el cura que la había casado le decía que no iba a escuchar su confesión, que ella no podía comulgar, que su divorcio era una ofensa para la iglesia. Elsa salió de allí cegada por las lágrimas. Se sentía como se debió sentir Eva cuando fue desterrada del paraíso. Había sido expulsada de la gran mesa de dios por protegerse y proteger a su hija. 

Carolina, que esperaba a su madre al cuidado de sus tías, corrió tras ella. El grito de la niña cayendo por las escaleras de la iglesia trajeron a la devastada Elsa devuelta. Elsa abrazó a su hija y agradeció a Dios que Carolina estuviera bien.  En ese momento entendió que no había sido Su Dios -el misericordioso, el que prometía el cielo a los limpios de corazón- quien la había rechazado. Entendió, además, que ella podía seguir agradeciendo y rezando, aunque le hubieran prohibido comulgar en aquel lugar.

Y así lo hizo.

Rezó para pedirle a su Dios que cuidara a sus padres cuando éstos murieron. Le agradeció cuando Carolina se recuperó de su operación de apendicitis. Le rezó cuando se mudaron a Montevideo. Le agradeció cuando Carolina se casó y cuando nacieron sus cuatro nietos. Le rezó también para que ganara el No (1). Le agradeció por el trabajo como acompañante con cama de una anciana, cuando ella ya tenía más de sesenta años y no quería seguir bordando y cosiendo para ganarse la vida. Le rezó a su Dios por el alma de esa anciana, y le agradeció por todo lo vivido, justo antes de que su corazón cansado de ochenta años y sobrecargado de azúcares y harinas dejara de latir. 

Cuando Elsa llegó a ese lugar al que van las almas sin cuerpo, pudo ver a Jesús saludando a los recién llegados. Era tal y como ella lo había imaginado, de túnica blanca y gesto amable. Cuando estuvo junto a él le contó que se llamaba Elsa, le preguntó si sabía dónde podía encontrar a sus hermanas, y si las almas en el cielo podían comer y cocinar.  Jesús le respondió que sí, que podía comer y cocinar cuanto quisiera. Después le mostró el lugar donde encontraría a quienes buscaba. Elsa aprovechó para invitarlo una tarde a merendar mates, pastaflora y bizcochitos… Y Jesús aceptó. ¡Quién se puede resistir a una buena charla con mates, pastaflora y bizcochitos!  

Y así fue como Elsa comulgó con Jesús todos los domingos. 

PD: Pedro se divorció una vez más a causa de sus explosivas reacciones (sin que nadie cuestionara su condición psiquiátrica) y Valquiria siguió el ejemplo de su hermana menor divorciándose un año después que Elsa. 

  1. En 1980 se realizó un plebiscito en Uruguay, en el que triunfó el NO a la reforma constitucional propuesta por la dictadura militar. 
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