Mujer, Negra Y Lesbiana

Todas las personas somos racializadas; desde los procesos coloniales hemos sido incluidas en alguna categoría étnica-racial que nos permite ser identificadas como negras, indígenas, asiáticas, etc. Aun en la actualidad, esta categorización racial representa un elemento determinante en el devenir de una persona, pues supone un trato diferenciado y la imposición del ideal blanco como el patrón hegemónico a aspirar para encajar socialmente.

Hablar de corporalidades y etno-racialización implica, sin duda, el reconocimiento del particularmente agudo proceso de discriminación estructural que sufrimos las mujeres en todos los escenarios y pone en relieve distintas problemáticas: desde la falta de acceso a la educación, la inserción laboral y los salarios desiguales, hasta la violencia de género, el acoso, la falta de acceso a derechos sexuales y reproductivos (DSR) y a la justicia, entre otras.

A lo largo de la historia, las mujeres negras hemos sido víctimas de la hipersexualización basada en estereotipos asociados a nuestra corporalidad y racialización, que nos conciben como objetos para brindar placer. En este sentido, el efecto de la violencia es tan demoledor que, nos obliga a modificar nuestro comportamiento social, vestimenta y horarios por el temor a experimentar situaciones de abuso; y al mismo tiempo, la deshumanización que se refuerza desde las estructuras de poder, contribuye al proceso de endoracismo y blanqueamiento racial que nos lleva a alterar nuestra apariencia física para lograr adaptarnos al sistema en una especie de mimetización que afecta considerablemente nuestra identidad y autoestima.

El pleno disfrute de la sexualidad y una orientación sexual distinta a lo socialmente “aceptado” empeora la situación de las mujeres, pues nos deja en una posición de desventaja en la que podemos y somos sometidas a la opinión pública, con la intención de satanizarnos, para justificar así el desprecio, humillación y todas las formas de violencia.

Las violencias sistemáticas sufridas por las mujeres lesbianas se recrudecen producto de la masiva y generalizada desinformación en la sociedad. La objetivación sexual está aún más presente por la concepción errada de que las relaciones lésbicas tienen como fin el goce masculino y la satisfacción de sus fantasías. Esto conlleva a cuestionar a las mujeres lesbianas por considerar imposible el pleno disfrute sexo-afectivo de la mujer sin la presencia del hombre, generando una sensación de vacío y desgane y forzándonos a luchar a diario por el reconocimiento de nuestra existencia y el respeto a nuestra dignidad.

La reducción del ser, la negación y la endodiscriminación debido al rechazo del entorno no son infrecuentes; preguntas como quién es el hombre y quién la mujer, -siempre con el fin de minimizar a una o a ambas por no encajar en los roles de género implantados en el imaginario colectivo y juzgando la relación desde la perspectiva heteronormada- hacen parte de nuestra vida cotidiana. Asimismo, la inseguridad que representa la exposición en los espacios públicos por miedo a agresiones de personas lesbo-odiantes.

Todo parece indicar que el mayor detonante del racismo, el machismo y el lesbo-odio es la autodeterminación de las mujeres de tener el control de nuestros cuerpos como sinónimo de resistencia para impedir el menoscabo de nuestros derechos. Es por ello que, el empoderamiento femenino es fundamental para romper los paradigmas del sistema patriarcal imperante e impulsar la participación de las mujeres negras lesbianas en todos los ámbitos sociales sin ningún tipo de discriminación.

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